El vacío hospitalario del encuentro

“…hice una promesa a nuestro Dios y Redentor, firmándola con mi propia sangre para llegar a ser el esclavo de nuestro Salvador”… (¿cómo sabes tú tantas cosas y las ves?) “Es sólo a través de la Luz de la Cruz por la que uno puede percibir esas cosas que son invisibles al ojo… sólo a través de la unión Divina con Cristo, siendo Uno con Él, se puede conocer de Su Propia Boca acerca de estas cosas, y si uno acepta ser marcado como “Esclavo de Cristo” (VVeD 28 abr 2000)


 

P. Enrique Bikkesbakker

En el Encuentro Interreligioso del año pasado en Rusia, Vassula indicó fuertemente el sentido interior y personal de nuestra participación diciendo:

La Llamada de Dios es una llamada urgente, convocándonos a todos a volverle a descubrir; nos está llamando a redescubrirle, muriendo a nuestro propio yo, a nuestro ego, y no a través de reformas administrativas, ¡no! Tenemos que dejar a Dios que Se revele en nuestros corazones de manera íntima…

Si tomamos en serio estas palabras, Dios, a través de Vassula, nos está haciendo un fuerte llamado a la conversión. Nos convoca humildemente a redescubrirlo, porque no lo conocemos lo suficiente.

A lo largo de los siglos, los cristianos hemos hablado de Dios, hemos discutido acerca de Dios, y de esta manera, nuestros pensamientos sobre Dios, se hicieron más importantes que nuestra relación con Dios. No nos dimos cuenta que pensar sobre Dios, definir a Dios, dogmatizar a Dios, defender agresivamente a Dios, es ponernos como sujetos ubicando a Dios como objeto para conocer o defender. Creo que estas son las “reformas administrativas” a las que Vassula se refiere.

El Señor nos llama a conocer de Él lo que hemos ignorado, lo que no supimos oír de su llamado, lo que a fuerza de tantas prescripciones doctrinarias perdimos de su Persona, de su voluntad bienamante, de su deseo profundo hacia nosotros. Por eso sus palabras son un llamado a la muerte de nuestro yo, que opina, discute, que busca acercarse a los misterios por el entendimiento y el comportamiento.

Sin un trabajo de profunda conversión interior que nos permita sumergirnos en el Misterio de Dios y de nosotros mismos; sin el silenciamiento de nuestras múltiples  distracciones, de nuestro egocentrismo personal y comunitario, cada vez más exacerbado en este mundo, permaneceremos alejados de la presencia divina, aunque nos sintamos satisfechos porque cumplimos con los preceptos exteriores, que pueden ser iniciadores del camino, pero no todo el camino.

Vassula continúa diciendo:

Dios nos pedirá que muramos a nuestro ego de una vez por todas, a nuestro orgullo y nuestros prejuicios. Nos pedirá amor sacrificial y que convirtamos nuestras vidas en una oración incesante. Pero, sobre todo, nos pedirá que vivamos los dos más grandes Mandamientos de la Ley: ‘Amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente, y amar al prójimo como a nosotros mismos’.

Vemos con claridad que Vassula asocia la muerte del ego con el cumplimiento del amor sacrificial.  No solamente del ego individual, sino también de nuestro ego grupal, que lo actuamos cuando nos encerramos en nuestras creencias despreciando al resto, cultivando el orgullo y el prejuicio, como dice Vassula, en nombre de una confesión religiosa.

El amor sacrificial es el nuevo mandamiento que nos propone el Señor en la Última Cena: la renovación del triple mandamiento de amor elevado a su más alta expresión de ofrenda, expresado en el momento más íntimo, más sagrado que vivió con sus discípulos, hasta el punto de llamarlos finalmente “amigos”. Estas fueron las palabras del Señor:

Éste es el mandamiento mío:
Amaos unos a otros como Yo os amo.
Nadie tiene mayor amor
que el que da su vida por sus amigos. Jn 15, 12-13

Sin embargo sería interesante que hagamos algunas reflexiones, comenzando por evitar una mirada legalista de las escrituras.

El triple mandamiento de amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos, no es una orden; Dios no nos impone que lo amemos, no nos castiga si no lo amamos. El amor no se puede imponer por ley, ni tampoco bajo amenazas de castigos; sería un contrasentido tan grosero, tan falto de amor, que se transformaría en un mandato contradictorio. Dice San Isaac el Sirio (S. VII):

No se puede amar a Dios mediante una regla o un mandamiento por el que se imponga el amor, pues las reglas proceden del temor, no del amor.

P1240638En una traducción más exacta oímos que el mandamiento está escrito en futuro persuasivo: amarás. Es como si Dios nos dijera: “No me amas todavía, pero más adelante, con mi ayuda, vas a poder amar así, porque, si tú me abres tu corazón, si me haces un lugar, Yo voy a derramar sobre ti progresivamente mi Amor (Ágape) absoluto”. Es un acto de amor y de fe de Dios hacia nosotros; una manifestación esperanzada de nuestro destino. Y en ese amor recibido por su Presencia en nuestro corazón, podremos amarlo a Él, a los otros y a nosotros mismos.

Esto nos ofrece una primera certeza: Dios es la única fuente de amor, nosotros no somos fuentes sino copas posibles donde se puede derramar el Amor de Dios. Somos receptores y no generadores de su Amor. El Amor de Dios no se puede adquirir, sino que recibiéndolo, podemos ofrecerlo.

Los Padres de la Iglesia buscaron diferenciar el amor emocional, psíquico,  denominando a este Amor como Ágape (verbo: agapán), porque era la palabra menos utilizada por los filósofos para indicar el amor; se utilizaban más las palabras: “filia” o “eros”.

En nuestras biblias generalmente se lo traduce como “caridad”, que a lo largo del tiempo fue tomando el sentido de ayuda a los necesitados, disminuyendo el sentido profundo del Ágape. La palabra griega exacta para denominar este aspecto de caridad es “filantropía”.

La primera manifestación de este Amor divino es la Creación. Él creó al cosmos de la nada y libremente, sin ninguna necesidad, por Ágape. No sólo creó el cosmos, sino que lo mantiene por sus Energías. Todos dependemos de ese Amor gratuito de Dios para nuestra existencia, tal como lo indica el  salmo (104, 28-30)

Tú les das, ellos recogen/ abres tu mano, se sacian de bien.
Escondes tu Rostro y se espantan/ les quitas su aliento, expiran y vuelven a su polvo.Envías tu Espíritu, y son creados/ y renuevas la faz de la tierra.

El Amor de Dios es don absoluto, desinteresado, incondicional, definitivo y libre. El Apóstol San Juan lo anuncia antes de su Pasión:

 Antes de la fiesta de Pascua,
sabiendo Jesús que su Hora había llegado,
la de pasar de este mundo hacia el Padre,
habiendo amado a los suyos en este mundo,
los amó hasta el fin. Jn 13, 1

El Ágape es el Amor en el que convive la Stma Trinidad, y podemos ver en las escrituras que se despliega en una hospitalidad amorosa en donde cada Persona da lugar y exalta a las otras Personas.  El Padre no habla de sí mismo sino que anuncia al Hijo; el Hijo no dice nada que no le haya dicho el Padre; el Espíritu Santo dice: ¡Abba Padre! y desciende para ser memoria y presencia de la Palabra del Hijo.

Y este  Ágape  que se desborda hacia nosotros a través de sus Energías como un don gratuito, generoso y desinteresado, viene del  Padre que es la fuente, por el Cristo, que es el camino, y nos es transmitido en el Espíritu Santo, que es la realización, la plenitud.

Para nosotros es más fácil comprender intelectualmente el Amor de Dios a través de la  Misericordia. ¿Por qué? Porque la misericordia de Dios hacia nosotros contiene una asimetría razonable: Dios se compadece de nuestras miserias y se inclina sobre nosotros. ¿Pero podemos aceptar que el Ágape de Dios es también un relación asimétrica pero invertida, es decir que Dios se pone por debajo nuestro, a nuestro servicio? ¿Podemos aceptar que Dios se prosterna ante nosotros? Podemos comprender profundamente el gesto del Señor cuando les lava los pies a sus discípulos?

Con esto no quiero relativizar la Misericordia, sino constatar que el Ágape es la fuente, y de este principio se derraman la Misericordia, la Gracia, el Perdón y toda la inmensa cantidad de gracias divinas.

El Padre se limita, el Hijo se limita, el Espíritu Santo se limita; los Tres se limitan en relación a la Creación, mientras que simultáneamente ilimitan al hombre en relación con Dios, lo hacen entrar en las entrañas divinas; es el Misterio de la Deificación.

Isaac Luria, místico hebreo del siglo XVI (1534-1572) en su meditación sobre la Creación dice que Dios, que en la inmensidad de su Ser ocupaba todos los espacios, en el acto de Creación Él se retrae a sí mismo, se limita, da lugar para que algo que no sea Él surja a la vida. La Tradición mística hebrea (Cábala) llama a este movimiento Tzim Tzum, y los Padres de la Iglesia lo denominan “kenosis”.

Lo mismo sucede con nuestra Redención. El Verbo se hace hombre, oculta, limita su divinidad, desciende al mundo para un nuevo acto de creación que se abre a dos ofrendas: nos dona la plenitud de la humanidad y posteriormente, nos ofrece retomar nuestro destino de participación de la Naturaleza divina.

Nadie mejor que San Pablo nos describe el acto de la kenosis del Cristo para nuestra Redención:

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: que, siendo de condición divina, no retuvo con avidez el ser igual a Dios.

Sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en la condición de hombre; y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente  hasta la muerte, hasta la muerte en cruz.

Por eso Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre.Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la  tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que el Cristo Jesús es Señor para Gloria de Dios Padre. Flp 2, 5-11

Pero si oímos detenidamente el texto de Pablo notamos que ese acto supremo de humillación del Señor se transforma en una exaltación hacia Él donde toda rodilla se doblará en los cielos, la tierra y en los infiernos. Entonces podemos decir que la kenosis es un descenso hacia arriba y la auto-exaltación es un ascenso hacia abajo, como decía Monseñor Jean, el fundador de la Iglesia Ortodoxa Occidental.

Jesús dice:

El que Me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará y vendremos a él y moraremos en él.
El que no Me ama no guarda mis palabras. Jn 14, 23

La Palabra de Dios anuncia su deseo dirigido hacia cada uno de nosotros. Es un recorrido amoroso incondicional que comienza con su Palabra y se realiza en una convivencia. Pero su Palabra no irrumpe intempestivamente en nuestra existencia, no nos invade, sino que nos solicita humildemente un gesto, un acto voluntario de nuestra parte, un acto carente de garantías y condicionamientos, que tiene como punto de partida darle lugar. Y ese lugar es el silencio, que como una copa vacía, tiene la capacidad de guardar.

El Amor profundo, desinteresado y estable de Dios no nos pide un determinado sentimiento sino que se inicia con una ofrenda. Y esa ofrenda es nuestra hospitalidad silenciosa, porque nuestros pensamientos y elucubraciones son los ruidos interiores que expulsan la simplicidad insondable del alojamiento de su Palabra.

Su Palabra busca una relación íntima, muy poco conocida – y cada vez menos – por nosotros, que buscamos defendernos cambiando la intimidad por el concepto, por el ritualismo automático, por el cumplimiento de las costumbres, que van apagando el fuego de su Presencia.

Y es muy interesante contemplar que tanto el Padre como el Hijo no nos exigen que los amemos como reciprocidad de su ofrenda; simplemente nos piden humildemente que les ofrezcamos un lugar en nosotros donde guardar su Palabra, pero que debe realizarse sin condiciones. Es la primera ofrenda verdadera de nuestra parte.

El Señor nos pide simplemente una porción de tierra fértil en nuestro corazón, desalojada de todo pedregullo, de toda espina, es decir, pequeños momentos de silencio atento y hospitalario, para dejarnos sembrar mansamente, liberados de todo temor ignorante y expulsivo.

Si no interferimos, esa siembra se hace fruto y entonces, sale a la luz el Amor de Dios en nuestros actos. Nacemos a una nueva vida habiendo perdido nuestra vieja manera de vivir.

El acto de guardar su palabra es una ofrenda de amor de parte nuestra que se realiza con el despojamiento (kenosis) de los espacios interiores repletos de palabras, ideas, opiniones, ilusiones, fantasías, pensamientos, gustos, deseos, costumbres, etc..; es decir de nuestro ego. Porque solamente  en el vacío de esa mentalidad puede comenzar a crecer en nosotros el Misterio del Amor Crucificado. Por eso el Señor nos dice:

 “Si alguien quiere venir detrás de Mí,
que reniegue de sí mismo, tome su cruz y Me siga.
Sí, el que quiere salvar su vida la perderá….”

 Este es el despojamiento del que habló Vassula. Por eso, unos minutos más tarde, en la misma charla ella insistió:

Aprendamos de los Profetas del pasado, cómo, a lo largo de su camino, aprendieron a renunciar a sí mismos, a abnegarse, anteponiendo los Intereses de Dios y a Dios mismo en su vida. Aprendieron a despojarse de su ego y de su voluntad…

El Patriarca de Constatinopla Atenágoras (1886-1972), uno de los impulsores del diálogo ecuménico y amigo del Papa Pablo VI, habló de su experiencia personal de despojamiento de su ego y su voluntad personal:

Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado. Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el miedo. Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos. Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene miedo. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, borra el pasado malo y nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la Paz!

El camino cristiano genuino es la aceptación del Amor de Dios que es incomprensible para nosotros, porque es incondicional, omnipotente y donador de vida, un amor completamente ignorado por nuestro entendimiento; un amor tan inconcebible, que nos ubica de manera contundente ante nuestra ignorancia de Dios. Lo que nos asusta profundamente es la intimidad, la entrega definitiva,  la confianza plena,  la fidelidad, el abandono de la voluntad propia para entregarnos a la voluntad divina, despojados del dios del  entendimiento.

No podemos participar de una verdadera intimidad con Dios a partir del entendimiento. El Amor de Dios es inentendible, la mayoría de sus actos son inentendibles; es imposible reducir la obra divina a nuestra exigua y limitada comprensión intelectual.

Rabí Baal Shem Tov, místico hebreo Hasídico del siglo XVIII, dice sobre la comprensión de la Palabra de Dios:

Escuchad mis palabras aunque no las comprendáis, hermanos.
Un día el Mesías os hablará y tampoco lo comprenderéis;
empezad a acostumbraros.

La mística es un camino espiritual con un destino desconocido, y justamente por eso su punto de partida es el vaciamiento, porque para asumir lo desconocido es necesario el olvido de sí mismo  y de todo lo conocido. San Juan de la Cruz, gran místico del siglo XVI, lo dice con una claridad luminosa:

Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has  de ir por donde no sabes,
para venir a lo que no posees,
has de ir por donde no posees,
para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.

En la Tradición Mística de cada religión o confesión, es donde se pueden realizar encuentros con diálogos más fecundos, verdaderos y estables. ¿Por qué? Porque el vaciamiento, que es la puerta estrecha por donde entramos en la mística,  se va transformando lentamente en hospitalidad, y en ella aparece la posibilidad del diálogo enriquecedor que ilumina las diferencias, que fue la intención del encuentro del año pasado y de este encuentro que estamos compartiendo. ¿Recuerdan las palabras de Vassula? Ella dijo:

El diálogo interreligioso ha sido siempre una fuente valiosa en sí, porque reúne a personas de credos diferentes, mentalidades y tradiciones diferentes, nacionalidades diferentes, para descubrir, al estar juntos, elementos que pueden acercarnos espiritualmente y sobre los cuales podemos construir un diálogo común.

El diálogo no es un simple intercambio de palabras entRe dos personas, porque si en esa conversación cada una dice únicamente lo que piensa, sin oír al otro, hablamos de dos monólogos simultáneos. Dialogar es palabra y silencio. Para oír al otro es necesario hacer silencio, no solamente de palabras sino también de pensamientos, absteniéndose de toda intención de convencer o de obtener. Es el exilio de las intenciones para recibir las palabras del otro, que es su manera de ofrecernos, parcial o profundamente, su propia existencia. Silenciarse para recibir el universo del otro, haciendo el sacrificio del propio. Por eso San Juan Clímaco (S.VI) abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí dice:

Aquel que en una conversación quiere imponer sus propias opiniones, aunque sean correctas, tenga por cierto que el demonio es el que lo mueve a ello. Si esto hiciera solamente con sus iguales, las reprimendas de los ancianos podrían curarlo. Mas si él procede del mismo modo con los mayores y con los más sabios, su mal, entonces, humanamente es incurable.

El diálogo también es exponerse, porque cuando nuestro interlocutor  se calla, cuando hace silencio, nos corresponde a nosotros ofrecerle nuestro universo mental y emocional como una  ofrenda (kenosis).

Un presbítero y teólogo Rumano contemporáneo, Dimitri Staniloae, dice que la kenosis es el aprendizaje de una forma superior de ternura. Esta ternura  busca el contacto con los hombres despertando la solidaridad, el compañerismo, los acuerdos. No se impone, desarma las rivalidades multiplicando el espíritu fraterno, la aceptación incondicional del otro sin juzgarlo, sin rivalizar.

Hay en la Tradición Mística de las religiones un hilo de oro que va tejiendo encuentros entre todas las confesiones, no a través de conceptos sino de experiencias espirituales.

Estos encuentros se dan en el Espíritu a través de experiencias místicas semejantes sin haber mantenido contacto personal. El Señor le dice a Nicodemo, manifestando la libertad que Dios tiene para manifestarse a las otras ovejas que no son de este corral:

El viento sopla donde quiere y oyes su voz,
mas no sabes de dónde viene ni adónde va.
Así es todo el que nace del Espíritu.” Jn 3, 8

Dar lugar sin perder nuestra identidad es una posibilidad de mutua fecundación. Las diferencias se hacen oportunidades de crecimiento y el protagonismo es abandonado por la oportunidad de ser testigos de la vida de Dios y de los otros, incluidas otras manifestaciones místicas, construyendo nuevas historias que merecen ser contadas.

Por eso voy a dar algunos ejemplos para que podamos contemplar las vivencias comunes que existen en las diferencias de las distintas confesiones, que son oportunidades auspiciosas para que contemplemos juntos, mientras ya vamos haciendo amistosamente una breve experiencia de vaciamiento.

Tukaram, poeta místico hindú del  siglo XVII, expresa su experiencia del vacío:

Aún tengo una noticia preparada para transmitiros:
vacío, vacío está el espejo.
Me he tragado mi yo
y al hacerlo se han roto los nudos
que apretaban mi cuerpo.
Siendo el más pequeño de los átomos,
me he extendido hasta los límites últimos
del universo.

Margarite Poirette, mística cristiana del siglo XIV escribió un libro que se llamaba: El espejo de las almas simples, donde afirmaba que el alma debía abandonar todo, incluso la razón, salvo a Dios.

Fue condenada por este libro a la hoguera por la Inquisición en el año 1310, porque practicaba un cristianismo fuera de las estructuras eclesiásticas. Dice sobre el vaciamiento:

La expansión del amor divino se mostró ante mí en la luz divina de un relámpago altísimo y penetrante en el cual me mostró, simultáneamente, a Él y a mí. Es decir, a Él tan alto y a mí tan baja, que no pude levantarme ni valerme por mí misma; y allá nació lo mejor de mí misma.

En el misticismo Sufí, cuyo origen es el Islam, al vaciamiento se lo denomina Muÿâhada o Yihâd. El camino es esencialmente un combate interior contra el ego, que los maestros sufíes lo llaman Nafs. Se cuenta que un místico sufí, Abû Yaçîd al-Bistâmi, vio a su Señor en sueños y le preguntó por el modo de llegar a Él, y Allah le respondió: “Abandónate, y ven a Mí sin ti”.

Yala Al-Din Rumi, poeta místico  Sufí del siglo XIII, uno de los más grandes místicos sufíes, describe la verdadera libertad del despojamiento del ego:

Toma a uno que no lleva sus cuentas
que no quiere ser rico, ni tiene miedo a perder
que no tiene interés alguno en su personalidad: es libre.

También Rumi describe con sabiduría el combate sin pausa y sin atajos, necesario para el despojamiento del yo:

Has sufrido tormentos
pero aun así sigues estando lejos de Dios,
porque no has alcanzado
tu objetivo de destruir al yo.
Tus tormentos no cesarán
hasta que perezcas.
No puedes llegar al tejado
a no ser que asciendas por la escalera.
Si faltan dos travesaños
no podrás subir por ella,
si la cuerda del pozo es demasiado corta
el cubo no llegará al agua.

Termino con este poema que fue escrito en el siglo XIII por el místico, pensador y poeta musulmán Ibn Arabi, nacido en la Murcia islámica de 1165. Uno de los más grandes místicos sufíes junto con Rumi.

Estas palabras inspiradas por el Espíritu Santo, bien podrían ser la síntesis del Ágape de Dios derramado sobre las distintas confesiones, realizando en la diversidad del instrumento que toca cada una, una sinfonía que entona finalmente, la Voluntad de Dios.

Hubo un tiempo,
en el que rechazaba a mi prójimo
si su fe no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz
de adoptar todas las formas:
es un prado para las gacelas
y un claustro para los monjes cristianos,
templo para los ídolos
y la Kaaba[1]para los peregrinos,
es recipiente para las tablas de la Torá
y los versos del Corán.
Porque mi religión es el Amor.
Da igual a dónde vaya la caravana del amor,
su camino es la senda de mi fe.

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[1]Representa el lugar sagrado y de peregrinación religiosa más importante del islam. Es la «casa de Dios», donde lo divino toca lo terrenal, y hacia ella orientan su rezo los musulmanes de todo el mundo ubicando el oriente.


Conferencia del P. Enrique Bikkesbakker, Iglesia ortodoxa argentina.  X Retiro Latinoamericano de la VVD. Tristán Suarez, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 16 de noviembre.