Así fue como María me llevó a Jesús, y Él “restauró la memoria de mi alma”.

A los 27 años, siendo una católica ferviente, conocí una Iglesia Ortodoxa, allí creí haber encontrado “lo que me faltaba”, al menos así me sentía yo, como habiendo descubierto sin saberlo que La Iglesia, El Cuerpo de Cristo, no está completa si continúa dividida. Al año de haber ido por primera vez a una Liturgia Ortodoxa, recibí el Sacramento de la Crismación. Durante los primeros tiempos, sentía una alegría inmensa, estudiaba, hacía todos los cursos de teología y Biblia a mi alcance, cantaba en el coro, y recibí la bendición del Obispo para ocuparme de preparar el altar como Servidora del Templo, además de otras funciones que iban desde lo administrativo, a la preparación de cursos y la catequesis de los padres de familia; digamos que a lo que había estudiado en los cursos de catequista en la Iglesia Católico-Romana se sumó a lo adquirido en la Ortodoxa, y yo vivía esta “unidad” dentro mío con una total naturalidad y con el deseo de poder transmitir estas “riquezas”. Pero con el tiempo y con las exigencias, lentamente y sin darme cuenta me fui rigidizando, como si todo me llevara a definirme por un lado u otro, entonces entraba en conversaciones y críticas a la Iglesia Católica o al Santo Padre, o a las misas con guitarra, o las costumbres, y debo admitir que en parte por sentirme “extranjera” y por temor a perder el lugar que ocupaba en la comunidad y el aprecio de los que me rodeaban, perdí de vista al Señor,  y, lentamente, se fue diluyendo ese sentido de “Unidad” junto con mi alegría y mi entusiasmo, me volví “juez”, al punto de no ir a Misa si no tenía una Iglesia Ortodoxa cerca… lo único que conservé, y medio en secreto, fue el rezo del Rosario, en especial la novena a la Virgen del Rosario de San Nicolás, los días 17 al 25 de cada mes. Pasaron los años, mi marido se fue de casa y yo me sentí como San Juan en el Apocalipsis, que después de ver la “Gran Batalla” dice “y yo me quedé parado en la playa… “¿Qué hago?, y entonces un pensamiento vino a mi mente: “En estos casos, lo mejor es volver a casa de mamá…” y como mi Mamá era la Iglesia Romana, el domingo 25 de marzo de 2001, vestí a los chicos, me tomé un taxi, y entré en una Iglesia a la cual nunca había entrado, pero de la cual tenía referencias muy buenas en cuanto a la calidez de la comunidad. Fui directo al confesionario y le dije al sacerdote “Necesitamos asilo”, le expliqué brevemente la situación, y el Espíritu Santo, revoloteó por el confesionario, doy fe, porque el sacerdote, me tomó la mano y me dijo “Las puertas de esta Casa están abiertas, Don Bosco los recibe con los brazos abiertos”. Ese domingo se leyó el Evangelio del “Hijo Prodigo”… y por un momento pensé “es para mí” pero todavía seguía demasiado cerrada y rígida, incluso me enojé con una amiga que me dijo que el Señor me estaba diciendo que me perdonaba. ¿A mí? ¿Qué me tiene que perdonar a mí? Digamos que volví a casa de Mamá, pero sin aceptar la purificación que El Señor me estaba proponiendo… Al año de esto, se confirmó que yo tenía cáncer, fui a una consulta médica porque ya no podía respirar y tenía un bulto en el cuello, me sacaron una radiografía de tórax y me dijeron: “Usted está respirando con un solo pulmón“. Los estudios dieron como resultado un Linfoma de Hodgkin, fase IV B, la médula tomada, y una perspectiva de 3 meses de vida. Con total crudeza me dieron este diagnóstico y me dijeron que se podía intentar una quimioterapia muy fuerte con algunas expectativas. Decidí esa noche que quería vivir y no seguir sobreviviendo, le dije al Señor que me ponía en Sus Manos y que, si Le parecía que valía la pena que viviera, estaba dispuesta a seguir el tratamiento, y sino que me llevara con Él. (Puedo decir hoy que me cumplió los dos deseos, me curó, y me llevó con Él también) Durante este pequeño calvario personal que es una quimioterapia, y habiendo decidido ser dócil y hacer todo lo que me dijeran los médicos, las Gracias empezaron a derramarse a raudales, yo sentía que debía ser “obediente” y esto siempre fue difícil para mí que suelo ser bastante rebelde, y que con la excusa de que “el celo por Tu Casa me consume”, a veces se me va la mano. Entonces se empezó a manifestar la Reina de la Paz (Medjugorje) a cada instante, la veía en la pantalla de la televisión, en todos lados, me encontraba con sus mensajes, conocía a gente que me hablaba de Ella, y rezaba, rezaba todo el día, y dado que no podía hacer otra cosa decidí que este tiempo lo iba a utilizar en lo más importante que podía hacer y lo único posible en mi estado: rezar. Además, y desde hacía años, me costaba mucho encontrar la manera de relacionarme con Jesús, entendía la relación con El Padre, y con María, pero con Jesús, no había caso, yo las oraciones se las dirigía al Padre o a la Virgen, con Jesús no hablaba nunca; mi único contacto era Eucarístico, y a través de las Lecturas, pero “cero” diálogo interior con Él, y empecé a sentir que algo me faltaba, entonces se lo pedí a María. La respuesta vino casi inmediatamente, me prestaron un libro sobre Medjugorje, allí leí una nota sobre el Padre Emiliano Tardif que era sanador, y como estaba enferma quise saber más de él, lo busqué en Internet y encontré que había fallecido, casi cierro la página, cuando leí algo sobre una tal Vassula, y por curiosidad, porque me llamó la atención el nombre, y porque “tenía que ser así”, entré en el sitio, y…”Se me abrieron los Cielos”, encontré una mujer ortodoxa que recibía mensajes de Jesús, como si esto fuera poco, veo la foto del que fuera mi Patriarca, Teoctist, y al teclear uno de los mensajes leo la frase “Mi Iglesia no puede respirar con un solo pulmón” y en ese momento supe que la Iglesia estaba tan enferma como yo. Inmediatamente escribí al foro preguntando si había alguien a quien dirigirse en Argentina, y me dieron la dirección de email de Pablo. Pablo me invitó a las reuniones de oración que al principio coincidían con días de quimioterapia, luego con los rayos que me trajeron complicaciones, hasta que el 14 de diciembre de 2002 por fin, pude ir a su casa a rezar. Así fue como María me llevó a Jesús, y Él “restauró la memoria de mi alma”, porque recordé que cuando yo tenía 9 años y estaba pupila en un Colegio, a la noche, a veces estaba tan triste que mientras todos dormían yo iba a la capilla y me pasaba horas hablándole a Jesús que estaba allí crucificado, y recuerdo que sentía que Él me podía entender porque también estaba solo, y de esa manera nos hacíamos compañía, y esos diálogos retornaron a pesar de los años transcurridos y con una cercanía que sólo se puede entender si se vuelve a sentir como un niño. Y entonces, la Unidad volvió a ser parte de mi respiración, al menos así lo veo yo, la unidad es una manera de respirar en Él. Jesús, de ser un Ser lejano con el cual no hablaba, se fue acercando a partir de la lectura de los mensajes; sin presionarme, me fue conquistando, y fue iluminando todo aquello que yo sabía de Él por la Teología y los Evangelios, pero ya no de manera racional sino desde el Corazón, contemplándolo a Él, porque esa es la Verdadera Teología. Y así fue que cuando yo ya me sentía como el Hijo Pródigo, y ya había aceptado que me estaba purificando por haber malgastado mi herencia, Él, encima, me dio una túnica nueva, puso un anillo en mi dedo y me hizo una Fiesta… Uno no está acostumbrado a tanto Amor, yo al menos debo admitir que todavía, a veces, me pregunto ¿todo esto es para mí? ¿No estaré soñando? Yo lo buscaba, pero Él se dejó encontrar, y compruebo a cada instante entre los amigos de la Verdadera Vida en Dios, que a todos nosotros nos busca con el mismo Amor, estemos donde estemos. Hoy Jesús esta acá sentado al lado mío, podría decir que este testimonio lo contamos “nosotros”, y siento que me está conduciendo hacia una espiritualidad Trinitaria, lo cual es entrar en La Familia de Dios, es allí donde ya no hay divisiones, que dentro mío puedo guardar fidelidad a Juan Pablo II y a los Patriarcas sin entrar en conflicto, que los conflictos están afuera y que debemos permanecer dentro de Su Corazón. A veces tropiezo y pienso “se habrá terminado el DIA del Señor para mí”, esto me angustia, algo que no tengo es paciencia, pero cuando logro salir de esas redes de desolación en que nos atrapa el “embaucador”, siempre recuerdo las palabras de Jesús a Vassula “Yo no cancelaré mis designios”. Estoy atravesando la purificación y reconozco que es como un camino ascendente en forma de espiral, que cuando uno cree que llegó a la meta, en realidad está retornando y vuelve a encontrarse con aspectos a purificar que no había visto antes y para esto Jesús nos habla del arrepentimiento incesante dándonos una Llave para abrir las puertas de Su Sagrado Corazón y empezando de nuevo cada día. De esto soy testigo y doy testimonio: Él no nos abandona jamás, aunque a veces permita que atravesemos desiertos, porque es la única manera de que nos demos cuenta de que tenemos sed y nada nos sacia en este mundo, porque no somos del mundo, somos Suyos.

Patricia Agresti (falleció el 25 de junio de 2009), Ciudad de  Buenos Aires, Argentina. – Enero de 2005 (11)

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